Como hoy es día no laborable y estoy esperando en vano el colectivo, recordé a un amigo que se hacía unas extras trabajando en el Correo Argentino.
No estaba en la oficina. Algunos feriados se calzaba el uniforme y salía con su morral a repartir cartas y facturas de servicios por los barrios, donde aprendió a agacharse para simular que levantaba una piedra cuando algún perro le salía a ladrar.
Uno de aquellos días, cerca del mediodía, llegó a una casa con rejas bajitas y se encontró con un grupo de tipos con pantalones, camisetas y gorros de Boca, que encendían tranquilamente el fuego para hacer un asado.
Se detuvo para dejar un sobre y un cusco inofensivo salió a ladrarle. Sonrió y levantó la vista, en señal de complicidad, hacia los que estaban adentro.
Los tipos lo vieron y, como si se hubieran congelado, quedaron inmóviles y en silencio durante un segundo.
—¡Está trabajando! —advirtió uno.
—¡Hijo de puta! —dijo otro.
Mi amigo no recuerda, o quizá no alcanzó a escuchar, si dijeron algo más. Sospecha que le prometían una paliza inolvidable, porque los tipos empezaron a correr y él también corrió. Lo más rápido que pudo.